¿Cuántos son los niños y
niñas que tienen que dejar sus países por guerras, dictaduras o la persecución?
El protagonista de esta historia es uno de esos niños. Un nene de Buenos Aires
que, junto a sus papás, se exilian a Francia. Dejando atrás su casa, sus
amigos, sus juguetes y su querida gata Pulqui.
Instalado en Paris tendrá
aprender un nuevo idioma, adaptarse a una nueva escuela y hacer nuevos amigos.
Es en esa ciudad que se da cuenta lo que extraña la Argentina y a su gata
Pulqui.
En la ciudad del amor el nene
conoce al Negro. Un gato tranquilo, distante, tosco a veces, sin ser grosero.
El papá y el nene lo fueron a buscar una tarde a la Sociedad Protectora de
Animales de París. Hacia un tiempo que habían llegado a Francia y el infante se
sentía muy solo, seguía sin entender muy bien porque habían tenido que dejar
Buenos Aires con tanto apuro.
La mamá y el papá le explican
que corrían peligro en Argentina y que seguiría siendo así mientras los
militares gobernaran el país. Y que seria mejor que él creciera y fuera a una
escuela donde le enseñen a vivir en libertad.
El cuento sigue con recuerdos
del niño. Cuenta anécdotas con su gata Pulqui en Buenos Aires, como ella dormía
hecha una bolita tibia en su cama con él, como fue que se la dejo a su tío
Casimiro antes de viajar para Francia.
El Negro paso a ser su nuevo
compañero. Entre ellos existía una conexión misteriosa, él no le hablaba como
hablaba con los otros gatos, entre ellos sólo hacían falta miradas, gestos,
movimientos de cabeza. Con los años se fueron entendiendo mejor. El Negro esta
impaciente por conocer a Pulqui (claro el nene le contó que él no era el único
gato en su vida). Con el paso del tiempo el nene se adapta más y más a esta
nueva ciudad, ya no tan nueva. Ya sabía hablar en francés, tenia buenas notas
en la escuela y un grupo de amigos. Aunque estos últimos no sabían nada de los
clásicos de Boca y River, no conocían el mate cocido, ni el dulce de leche,
mucho menos el guardapolvo blanco y quien fue San Martín.
El papá empezó a darle clases
de historia y geografía Argentina. Aprendía en casa todo lo que en la escuela
no le enseñaban. El padre le relataba las batallas de la Independencia, le
hablaba de la Primera Junta, de Moreno, de Belgrano, de San Martín, de Rosas, de
Yrigoyen y de Perón. El papá poco a poco le fue contando una historia larga de
desalientos y de utopías y le decía que él debía heredar sobre todo, la
esperanza.
El niño moría de ganas de
poder ver esos paisajes que su madre y su padre describían con tanta nostalgia.
Quería ver a Pulqui. La extrañaba muchísimo. Entonces un día el Negro decide
mostrarle al niño Buenos Aires desde Francia. Fueron saltando por los techos,
recorriendo todos los barrios de Paris hasta llegar a la torre Eiffel. Desde
allí pudieron ver a Pulqui durmiendo en un canasto de mimbre, observaron al tío
Casimiro tomándose unos mates viendo el partido de Boca. Visitaron el zoológico
y el jardín botánico. El nene tan contento que estaba por poder ver a su país
le pregunta al Negro si podía llevar a sus padres ahí. Y el Negro le contesta,
“No. A la gente grande le falta imaginación.”
El cuento termina con el nene
soñando que Pulqui y el Negro lo llevaban a ver Paris desde el puente alto y
negro que hay en La Boca. Vio la punta de la torre Eiffel y en esa punta a él y
al Negro sentados.